Catorce de diciembre de 1994. Nada mas levantarme miré un calendario que encontré frente mi cama. Parece viejo y los días anteriores a hoy están tachados, señalando que pasan los dias poco a poco. Me siento estraña, una mujer acaba de salir por la puerta del cuarto en el que em encuentro. Al parecer hace tres años tuve un accidente y mi memoria a largo plazo se estropeó. No puedo recordar nada que haya pasado ayer, ni desde el día del accidente. Al parecer esta mujer me habla sobre esto cada mañana. Cada día, cada semana, mes y año. Un hombre con bata blanca azulada entró en mi cuarto y me trajo un plato con comida, creo que son tostadas. Debería desayunar, pero no tengo hambre, últimamente nunca tengo hambre. Solo tengo ganas de sentarme al lado de la ventana, con un libro apoyado en su alfeizar y leer de él todo lo que pueda, que mañana no recordaré en absoluto. Lo único que quiero es leer mi libro con tapa verde y un conejo blanco en la portada.
Cuando el reloj dió las tres de la tarde el mismo hombre de bata blanca entró y me dijo que tenía visita. No quiero verla, solo quiero leer y contemplar como las hojas de los árboles se tiñen de blanco bajo la espesa nieve invernal.Pero creo que lo mínimo que puedo hacer por alguien que me recuerda, aunque yo no lo haga, es verla.
Era una mujer, me hizo sentarme en una de las mesas de un lugar que parecía como un salón principal y me explicó que venia aquí todos los días desde el accidente. No recuerdo su rostro, no me suena su imagen, no recuerdo sus movimientos, su olor, sus ojos, la sensación que tengo al estar junto a ella. No la recuerdo. No sé quien es...
Solo viene a verme para intentar que mi cerebro respondiera a alguna especie de memoria, de estímulo y la recordara por fin, dijo.
Sacó un tablero de ajedrez y empezamos a jugar. Sé jugar al ajedrez. Ella me habla como si la conociera de toda la vida, aunque a veces sonreía con tristeza y sé que en algún lugar de su corazón me echa de menos. Me dejó ganar, eso sí lo se con certeza. No recuerdo si lo hace siempre, pero esa vez lo hizo y me sentí bien.
Sonreí y al felicitarme empezé a pensar sobre mi futuro, algo que no recuerdo haber pensado antes ni a que conclusión llegé. ¿Me pasaría aqui el resto de mi vida? ¿Que me espera mañana? ¿Más partidas de ajedrez con una desconocida que habla sobre mi pasado como si me conociera de siempre? Entonces caí que nunca podría terminar el libro que tantas ansias tengo de empezar. Ese libro que se titula "Alicia en el país de las Maravillas" que siempre encuentro en mi mesita de noche cada mañana al despertar. Quiero leer y ver el mundo, pero me temo que eso será imposible.
Caeré en el olvido, con mis olvidos olvidados.
EStuve conversando con esa mujer un par de horas más y cuando me dijo que tenía que irse, sacó del bolso una foto. No sabía si debía mirarla o no. No sabía si yo salia en ella. Pero mi mano cogío aquella foto y observo a una mujer que sostenía una niña pequeña en brazos. Sonreían. Sus sonrisas me hicieron imitar ese movimiento de boca. Me sentía con ganas de llorar sin saber porqué ni quienes eran esas personas. Solo lo hize.
Volvi a mirar a la mujer que se encontraba sentada frente mía, me agarro la mano con los ojos impregnados en lagrimas y me susurro con una sonrisa: hasta mañana, mamá. Te quiero.
Una lágrima cayó por mi mejilla y volví a mirar a la foto que aún sostenía entre mis manos y sonreí. Ya que un olvido nunca es tal, si queda una mínima persona que te recordará más allá de la muerte. Más allá del tiempo. Más allá del pasado, del presente y del indeciso y juguetón futuro...
-LMC
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